Page 21 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—¿Cómo saben que el mecanógrafo les fue fiel?
—No lo saben. Tienen que tener fe.
—Confianza, Juan.
—Sí.
Jim se quitó la máscara y Juan le hizo un gesto de advertencia, había que cuidarse, ya una
vez, la primera vez, se besaron junto a un cadáver, las bacterias de los muertos han matado a
más de un médico incauto... Jim lo miró de una manera extraña. Le pidió que le dijera la verdad.
¿De qué? De su familia, de su casa. Jim sabía lo que se decía en la Universidad, que Juan era
hijo de gente pudiente, hacendados, etcétera. Juan no se lo había dicho, porque nunca hablaban
del pasado. Ahora le pedía por favor que le mandara una carta hablada, como si él, el gringo,
fuese el evangelista de la plaza y él, Juan, el analfabeto...
—No es cierto —dijo Juan otra vez de espaldas, pero sin titubear—. Son puras mentiras.
Vivimos en un apartamento bastante modesto. Mi padre era muy honrado y murió sin un centavo.
Mi madre se lo recriminó siempre. Se morirá recriminándolo. Siento pena y vergüenza por los dos.
Siento pena por la moral inútil de mi padre, que nadie la recuerda ni la aprecia y no sirvió para un
carajo. Le hubieran celebrado en cambio su riqueza. Siento vergüenza de que no haya robado, de
que haya sido un pobre diablo. Pero igual vergüenza sentiría si fuera ladrón. Mi jefe. Mi pobre,
pobre jefe.
Se sintió aliviado, limpio. Le había sido fiel a Lord Jim. Desde ahora, no habría una sola mentira
entre los dos. Pensó esto y sintió un malestar fugitivo. Lord Jim, también, podía ser sincero con él,
también.
—Explícame sin pena y vergüenza, como les dices, son algo así como pity y shame en inglés
—dijo el norteamericano.
—Me da pena mi madre, quejándose siempre de lo que no fue, adolorida por su vida que debe
aceptar y que ya nunca será de otra manera. Me da vergüenza su compasión de sí misma, tienes
razón, ese horrible pecado del self pity, de estarse dando pena a uno mismo el día entero. Sí, creo
que tienes razón. Hay que tener un poco de compasión para encubrir la pena y la vergüenza por
los demás.
Apretó la mano de Lord Jim y le dijo que no debían hablar del pasado, se entendían tan bien en
el presente. El norteamericano lo miró de una manera extraña, que Juan casi asimiló a la de la
mujer muerta que no se resignaba a cerrar los ojos, la mujer que ambos no acababan de disecar.
—Me sienta muy mal decírtelo, Juan, pero también tenemos que hablar del futuro.
El estudiante mexicano hizo un gesto involuntario pero intenso, un movimiento veloz y
simultáneo, aunque reiterado, de una mano llevada a la boca, como si implorara silencio, y otra
adelantada, negando, deteniendo lo que se venía...
—Lo siento, Juan. De verdad me apena lo que voy a decirte. Bueno, hasta me avergüenza. Tú
entiendes que nadie es totalmente dueño de su destino.
7 Juan, esta vez literalmente, le dio la espalda a Cornell. Cortó los estudios, se despidió
cortésmente de los Wingate y éstos se mostraron sorprendidos, azorados, preguntándole por qué,
¿tenía algo que ver con ellos, con el trato de la casa?, pero sus miradas eran de alivio y de
secreta seguridad: esto tenía que acabar mal... Esperaba verlos un día. Le daría gusto pasearlos
por la hacienda a caballo. —Búsquenme si van a México.
La familia norteamericana se sintió aliviada pero al mismo tiempo culpable. Tarleton y Charlotte
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