Page 94 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            muerto que dejó su huella allí había regresado. Encarna volteó el rostro y en la tenue luz encontró
            el de su novio mexicano, su novio, sí, Leandro Reyes, tomándole la mano a ella en el lugar mismo
            donde vivían y palpitaban, no sólo ella, sino su país, su pasado, sus muertos... ¿La  aceptaría
            como era, donde era, no en el glamour —se dijo la palabra tan leída en las revistas— de un viaje
            turístico a México?

                No es que tuviera que forzarlos. Todos estaban preparados para asumir una apuesta, ya lo
            sabías. En eso te criaste. En eso vivían tú y tus amigos. Pero este ser casi sobrenatural que los
            recibió  sorpresivamente  en  el desván donde vivía Paquito, les puso muy alta la postura, les
            comprometió la vida y el honor en su desafío. Era como si todos los años de la niñez y ahora de la
            adolescencia se precipitaran como en una catarata inesperada,  desesperada,  borrando  todo  lo
            anterior, y todos los desplantes, las burlas, las crueldades de unos contra otros pero sobre todo de
            los más fuertes contra los más débiles, se fundiesen en un solo filo de plata, punzante y cegador.
            Ni un paso más sobre la tierra, les estaba diciendo el hombre de cuello sin corbata y traje de luto,
            si antes no dan este paso mortal que yo les propongo.

               Uno de los gamberros quiso agredirlo; el hombrón de las orejas peludas lo levantó como un
            gusano y lo estrelló contra la pared; a otros dos que se mostraron desafiantes,  les  juntó  las
            cabezas en un golpazo hueco y pétreo a la vez, dejándolos aturdidos.

               Dijo que era el padre del Paquito y no tenía la culpa de la memez  de  su  hijo.  Ni  daba
            explicaciones. También era padre de uno de ellos, dijo de una manera sobria pero sobrecogedora,
            y paseó la mirada entre los nueve gamberros, dos noqueados, uno tirado de espaldas contra el
            muro.  No iba a decirles de cuál —mostró los dos o tres dientes largos, amarillos, que le
            quedaban— porque iba a escoger a uno solo, el que agredió al Paquito. A ese lo iba a distinguir. A
            ese lo iba a desafiar como hombre.

               —Apuesten si quieren, ¿con cuál de sus madres me acosté un día? Piénsenlo mucho antes de
            atreverse a ponerle la mano encima otra vez a mi hijo el Paquito, y piensen que es el hermano de
            uno de ustedes.

               No dijo si el idiota estaba vivo o muerto, malherido o recuperado y se regocijó viendo las caras
            de los nueve hijos de puta que sin embargo  hubiesen  querido  apostar  antes  a  todas  estas
            alternativas. Los mandó callarse con su mirada y ésta ordenaba: Que dé la cara el que le dio la
            zurra al Paquito.

               Diste un paso adelante, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo que los vellos que
            se asomaban por tu camisa mugrosa, sin botones, te brotaban súbitamente hasta convertirse en
            selva macha, campo de honor para tus diecinueve años.

               El hombrón no te miró con odio ni con burla, sino seriamente. Había  salido  de  la  cárcel  la
            semana anterior —se desarmó al decir esto, pero los desarmó—, y tenía tres cosas que decirles.
            Primero, de nada servía delatarlo. Eran brutos, pero que no se les ocurriera. Juraba acabar con
            ellos como si fuesen moscas. Segundo, en sus diez años  de  cárcel  acumuló  una  suma  de
            doscientas mil pesetas de sus terrenos, sus pensiones militares, sus  herencias.  Una  pitanza.
            Ahora la apostaba. La apostaba. Todo lo que tenía.

               Te miraron tus compañeros. Sentiste sus miradas idiotas, temblorosas, a tus espaldas. ¿Cuál
            era la apuesta? Te la envidiaban. Doscientas mil pesetas. Para vivir  como  rey  un  montón  de
            tiempo. Para vivir. O cambiar de vida. Para hacer la regalada gana. Detrás de ti, todos aceptaron
            la apuesta aun antes de conocerla.

               —Vamos a cruzar el túnel de los Barrios de La Luna. Es  uno  de  los  más  largos.  Yo  voy  a
            arrancar  del  lado  del norte y tú —te miró con un desprecio mortal del lado del sur. Cada uno
            conduciendo  un  carro. Pero cada uno en sentido contrario a la circulación. Si los dos salimos
            ilesos, nos repartimos el dinero. Si yo no salgo del túnel, tú te lo quedas. Si tú no sales, me lo
            quedo yo. Si no sale ninguno, que se lo repartan tus amigos. A ver qué dice la suerte.
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