Page 179 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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emanan de cañones y surcos en los que las
temperaturas superan los 400°C.
El templo es una silueta de piedra de geometría
extraña, la proyección de algún objeto
multidimensional: los pasillos negros que recorre
Mieli desembocan abruptamente en vastas quebradas
suturadas en ángulos imposibles por puentes de
piedra. Pero no es la primera vez que pisa este
laberinto, y sigue el rastro de flores metálicas sin
titubear.
En el centro se encuentra el eje, una pequeña
singularidad atrapada que flota en un pozo cilíndrico,
una estrella fugaz en suspensión. La morada de la
diosa. Asalta ahora a Mieli el recuerdo de cómo se
sentía cuando llegó aquí por primera vez, al término
de su viaje en el plano físico, embutida en un recio
traje‐q y aplastada por la implacable gravedad, con
las piernas atenazadas por la fatiga.
—Mieli —dice la diosa—. Dichosos los ojos. —Resulta
curioso que parezca más humana aquí que cuando
decide manifestarse en persona ante ella. Luce sin
disimulo arrugas en la cara, el cuello y las comisuras
de los labios—. Déjame ver por dónde andas. Ah,
Marte. Por supuesto. Siempre me ha gustado Marte.
Creo que preservaré ese lugar en alguna parte cuando
hayamos completado la Gran Tarea Común.
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