Page 225 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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mente de algún vasilev; ya habrá tiempo de hacer
preguntas más tarde.
Cargan contra ella, todos a la vez. La arrolla una masa
de cuerpos, una montaña coordinada de carne
sintética que ignora los puñetazos y las patadas con
que Mieli la desgarra como si fuera una nube de
jirones de niebla. Le aplastan la cabeza contra el suelo.
Envía un conjunto de coordenadas a Perhonen.
Apunta.
La columna de fuego que cae del cielo separa el
balcón de la cadera de la ciudad con la precisión de
un bisturí. El metal suelta un gemido. En algún lugar,
tras las nubes, las alas de Perhonen descargan un
abrasador diluvio de luz sólida.
La repentina caída libre hace que Mieli se sienta en su
elemento. Se impulsa entre la bruma sanguinolenta y
los cuerpos entremezclados hasta encontrar al ladrón
y lo agarra. Despliega las alas. Como siempre, la
sensación —semejante a la floración de dos brotes
gemelos sobre sus hombros— la transporta de nuevo
a su niñez, cuando sobrevolaba los bosques helados
de su koto, echando carreras a los pararácnidos. Pero
ahora, sus alas recreadas son más fuertes y resistentes,
lo suficiente como para aguantar su peso y el del
ladrón, incluso en esta gravedad.
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