Page 128 - Herederos del tiempo - Adrian Tchaikovsky
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pudo hacer ninguna afirmación categórica sobre
estos supervivientes, ni sobre la edad de hielo
que siguió. Algunos científicos especulaban que,
en el punto álgido del hielo, la población restante
de la Tierra había ascendido a no más de diez mil
personas, escondidas en cuevas y agujeros en el
suelo en torno al ecuador y con los ojos en el
horizonte congelado.
Continuó por aguas más seguras, los registros
más antiguos descubiertos de lo que podía
considerar verdaderamente su propio pueblo. El
hielo se había empezado a retirar. La humanidad
se había recuperado rápidamente, se había
expandido, había librado sus pequeñas guerras,
se había reindustrializado, encontrando una y
otra vez recordatorios de lo que su especie había
logrado con anterioridad. Los ojos humanos
habían vuelto a mirar al cielo, cruzado por tantos
puntos móviles de luz.
Y le contó a Kern por qué no podían volver: por
la guerra, la guerra del Imperio acaecida miles de
años antes. Durante mucho tiempo, los eruditos
habían enseñado que cuanto más retrocediera el
hielo, mejor para el mundo, pero nadie había
previsto qué venenos y enfermedades habían
quedado atrapados en ese hielo, como insectos en
ámbar, cuando el avance del frío protegió la
precaria biosfera de los últimos excesos del
Imperio.
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