Page 187 - Herederos del tiempo - Adrian Tchaikovsky
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distancia. Su puntería es mala, pues se limitan a
seguir las pistas olorosas de sus camaradas, pero
son muchas. Aunque los machos de Siete Árboles
se apresuran a llevar agua para apagar las llamas,
los incendios se extienden velozmente
deshaciendo la seda y ennegreciendo la madera.
Siete Árboles comienza a arder.
Es el fin. Las defensoras que aún sean capaces de
ello deben marcharse o asarse. Pero a aquellas
que se arrojen de un salto las esperan las
mandíbulas metálicas de las hormigas.
Portia trepa cada vez más arriba, corriendo por
delante de las llamas. Las partes más altas del
asentamiento están repletas de cuerpos
desesperados: guerreras, civiles, hembras,
machos. Algunas se estremecen y se dejan caer,
asfixiadas por el humo. Otras son alcanzadas por
el feroz fuego.
Portia se abre paso hasta la cumbre, arrojando las
placas de madera de su armadura mientras teje
frenéticamente. Siempre ha sido así, y al menos
hay algo útil en el incendio que está creciendo a
sus pies: las corrientes de aire caliente le
permitirán ganar altura y usar su paracaídas de
fabricación propia para planear más allá del
alcance de la ávida colonia de hormigas.
Por ahora. Solo por ahora. Este ejército se acerca
al Gran Nido, y más allá solo está el océano. Si el
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