Page 229 - El hombre ilustrado - Ray Bradbury
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una resurrección. Casi me pongo a bailar. Me alegra
tanto verlo… Me acostumbro, sin embargo. Dejo de
bailar. Miro solamente. Y cuando el hombre se va,
deja de existir, otra vez.
Clemens se rió.
—Porque tu mente es demasiado primitiva. No
puedes asir las cosas. No tienes imaginación, mi
viejo Hitchcock. Tienes que aprender a recordar.
—¿Para qué recordar lo que no me sirve? —dijo
Hitchcock, con los ojos muy abiertos, perdidos en el
espacio—. Soy un hombre práctico. Si la Tierra no
está ahí, para que yo pueda pasearme, ¿quieres que
me pasee por un recuerdo? Hace daño. Los
recuerdos, como decía mi padre, son como
puercoespines. Al diablo con ellos. No te acerques.
Te lastiman. Te arruinan el trabajo. Te hacen llorar.
—Ahora mismo me estoy paseando por la Tierra —
dijo Clemens, con los ojos cerrados.
—Manejas puercoespines —dijo Hitchcock con una
voz inexpresiva—. Más tarde no podrás almorzar,
y te preguntarás por qué. Te habrás tragado un
puñado de púas. ¡Al diablo con todo eso! Cuando
encuentro algo que no puedo beber, o tocar, o
golpear, o sentir, déjalo, me digo. Yo no existo para
la Tierra. La Tierra no existe para mí. Nadie llora
por mí en Nueva York, esta noche. Olvidemos
Nueva York. Aquí no hay estaciones. Ni invierno ni
verano. Ni primavera ni otoño. No hay mañanas, ni
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