Page 388 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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a esto.
—¡Los mayas! Sí, fueron ellos. Los mayas. ¿De
verdad que no lo había oído usted nunca? —Finalmente
levantó los ojos y me echó una mirada tan penetrante
que me entró un escalofrío.
—No, por Dios, hoy lo he oído por primera vez, y
de sus labios. ¡Bueno, Feliz Año Nuevo! Debería
marcharme. Aún tengo muchas cosas por hacer.
Comprarles regalos a los niños y todo eso —le mentí,
mientras subía ya por la escalera del sótano donde se
encontraba el taller.
—Sí, los mayas, estoy seguro.
La chirriante puerta de hierro se cerró y dejé de oír
su voz. Tomé aliento.
El camino hacia casa iba a durar un rato y por ello
me detuve ante un quiosco a la entrada de la estación
de metro. Casi todos los periódicos llevaban en primera
plana fotografías de Irán, o de los heridos que se
amontonaban en los hospitales de Moscú. La mayoría
de las instantáneas eran a color y por ello el quiosco
parecía una gigantesca flor tropical... una de esas que
imitan el hedor de la carroña para atraer a las moscas.
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