Page 385 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Mientras me tomaba un trago de vino blanco seco y
engullía con apetito mis espaguetis a la carbonara,
pensé que a primera hora de la mañana iría a la agencia
para entregarles la traducción. Esta vez no me
ofrecerían ningún otro capítulo, y, si me lo ofrecían,
tendría la presencia de ánimo suficiente para
rechazarlo. Luego llamaría a los amigos de mi época de
estudiante. Quizá habría alguno que me invitara a su
casa.
Avanzada la noche, pasé una media hora leyendo
El maestro y Margarita, y finalmente caí en un sueño
navideño, ligero y cálido como un edredón bien
mullida.
Fue una noche maravillosamente tranquila.
No volvería a vivir otra igual.
Todo empezó con la Olympia. La impecable
máquina de escribir alemana que había servido a tres
generaciones de mi familia desde 1949 sin fallarnos
jamás (si no tenemos en cuenta la necesidad de echarle
periódicamente aceite y cambiarle la cinta) de repente
dejó de funcionar. No me quedó otro remedio que
cargar con el monstruo de quince kilos y llevarlo lo
antes posible al único taller que, por milagro, aún
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