Page 383 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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únicamente conmigo mismo, y no a bordo del arca,
como Noé, con los ojos puestos en la inescrutable
negrura.
Ya eran casi las nueve. Hasta el día anterior no me
habría atrevido a salir a la escalera a una hora tan
tardía. Pero algo había cambiado dentro de mí. Víctima
de un extraño ataque de ingenuidad, se me ocurrió que
podría abandonar el juego y que éste cesaría por sí
mismo.
Y, de hecho, en el patio no se oía nada, salvo un
villancico cantado por Bing Crosby procedente de un
quiosco de alimentación cercano. Los grandes copos
blancos caían lentamente, se habían formado cúmulos
de nieve, suaves como el algodón, y el cielo se había
cubierto de una luz irreal de color azul marino, que me
hizo pensar que se había cumplido uno de mis
graciosos sueños de niñez y me encontraba en una de
esas bolas de cristal con un paisaje idílico de invierno,
una de esas bolas que basta con agitar para que se
produzcan diminutas tempestades de nieve. Las casas
que me rodeaban parecían una construcción de papel
maché. Aunque el bueno de Bing Crosby pareciese un
cuerpo extraño bajo la luz mortecina habitual en la
ciudad sucia y gris de Moscú, su canción dulce y
pegajosa habría podido ser el himno de ese país de
edificios de azúcar y panorama de postal.
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