Page 386 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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estaba abierto. Una vez allí me aseguraron que me la
tendrían reparada en unos días. Había perdido la mitad
de la jornada en encontrar el taller y llevarles la
máquina, y no me quedaba tiempo para encontrar a un
amigo con el que pudiera pasar la Nochevieja.
De todas maneras, no tenía que preocuparme por la
máquina. El jefe del taller, un hombre mayor y
simpático embutido en un mono azul manchado de
aceite, nos había tomado tan en serio a mí y a la
Olympia que me trajo a la memoria el antiguo concepto
soviético de «inteligencia técnica». Tocó cariñosamente
las teclas y escuchó la débil musiquilla que hacía el
carro al moverse de uno a otro lado. Me dio una
impresión como si estuviera a punto de sacar un
estetoscopio y preguntarle a la máquina: «¿Cómo se
encuentra usted?».
Me aseguró que no le había ocurrido nada serio a la
«pequeña», pero que arreglarla sería complicado, y que,
con las fiestas, difícilmente podría tenerla a punto antes
del tres de enero. Que lo llamara antes de pasar a
buscarla. La suma que me pidió por la reparación era
exorbitante, pero no tenía sentido discutir con él: nadie
me habría aceptado una traducción escrita a mano. La
máquina tenía que funcionar lo antes posible. Cuando,
por fin, nos hubimos puesto de acuerdo en todo,
charlamos durante un rato... un poco como en las
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