Page 422 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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empezó a desaparecer y a disolverse en las tinieblas.
Antes de que pudiera hacer un nuevo intento, el
teléfono sonó en el recibidor.
Por supuesto que después de todo aquello había
dejado de pensar en la Nochevieja, y, en el tenso
silencio, el teléfono pareció sonar con más fuerza e
intensidad de lo habitual, por lo que me llevé un buen
sobresalto. Confuso, miré el reloj (si se daba crédito a
sus manecillas, eran la una y media) y me acerqué con
prudencia al teléfono, que sonaba sin parar. Al sentir el
aroma de pinaza en el recibidor me di cuenta de que,
por el momento, nadie me había llamado para
desearme un feliz Año Nuevo. Carraspeé y levanté el
auricular. No me importaba quién se hubiera acordado
de mí: reaccionaría con toda la calma y la alegría que
me fueran posibles.
—¿Se encuentra usted bien? —graznó una voz
vagamente familiar al otro extremo de la línea. Su voz
delataba preocupación.
—S‐sí... —De pura sorpresa me atraganté con mi
propia voz—. ¿Qué desea?
—Le habla el detective Nabatchikov, del GUVD.
Escúcheme, Dmitry Alexeyevich, tengo que rogarle que
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