Page 418 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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procedían del patio. Sin embargo, en la habitación no se
sentía ni la más mínima brisa, y, aunque mis nervios
estuvieran a punto de desgarrarse, allí no había nada
más temible que las sombras de mis muebles adornados
con arabescos que jugaban al escondite conmigo. Tan
sólo el viejo espejo de la pared se veía algo torcido.
Había heredado ese espejo de mi abuela. Era casi
tan alto como un hombre, con un marco dorado, muy
grueso, con lujosas tallas. Dios sabría cuántos años
tenía... Mi abuela lo había heredado de sus padres junto
con los armarios de la cocina y las sillas de abedul de
Carelia. El tasador le había calculado como mínimo
ciento cincuenta años.
No lo utilizaba prácticamente nunca, porque el
paso del tiempo lo había oscurecido. A decir verdad,
nunca me había gustado mucho. Las imágenes
quedaban siempre como desdibujadas y falsas, y a
veces —si se miraba desde un determinado ángulo—
incluso deformes, pero no de una manera cómica, sino
incómoda, repulsiva, como cuando miramos un aborto
conservado en formol en un gabinete de curiosidades
antropológicas, como Kunstkamera de San Petersburgo.
Era imposible concentrarse en la imagen... al cabo de
medio minuto te dolían los ojos. Pero el honor familiar
me impedía venderle el espejo a un anticuario, y por
ello me había contentado con ponerlo en la pared más
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