Page 420 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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de convencerme de que tocara aquel espejo embrujado.
Ni siquiera bajo la amenaza de un hierro al rojo vivo. La
metamorfosis que había sufrido me resultaba
totalmente incomprensible. Me quedé frente a él
durante unos segundos y padecí un frío cada vez más
intenso, mientras buscaba mi verdadero espejo, con
desesperación, pero en vano...
La superficie de cristal había quedado totalmente
oscura. No veía en ella ni mi propio rostro ni la llama
de la vela. Desconcertado, levanté la vela y la bajé de
nuevo, como si el espejo fuese una ventana y hubiera
alguien al otro lado que aguardara una señal
convenida... Luego acerqué la llama al cristal. No cabía
ninguna duda, el cristal aún estaba allí, pero, por
motivos incomprensibles, había perdido sus
propiedades.
El germen de una sospecha me heló la sangre en las
venas: ¿Y si no era el espejo el que tenía el problema?
Con una violencia que estuvo a punto de apagar la vela,
me volví hacia la ventana. Mi rostro apareció en las
tinieblas de la noche. De color bermejo, arrancado a la
oscuridad por la llama que, trémula, echaba su humo,
recordaba a una máscara de teatro griego desfigurada
por la angustia. Pero, por lo menos, aún me hallaba
dentro de mi cuerpo, y éste aparecía sobre las
superficies reflectantes. Por lo menos sobre la mayoría.
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