Page 435 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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entre dientes, pero el detective lo oyó. Negó con la
cabeza, defraudado.
—Pero ¿de verdad cree usted en esas tonterías?
Despierte de una vez. Eso no va a ocurrir.
En el mismo instante se oyó en la calle la alarma de
un coche, luego otra, y al cabo de unos segundos el
estridente sonido se adueñó del patio entero, como si
todos los coches se hubieran contagiado de una especie
de histeria. Oí en la cocina el tintineo ya familiar de la
vajilla y me di cuenta al instante de lo que sucedía.
—¡Venga aquí! —le grité a Nabatchikov—.
¡Póngase bajo el marco de la puerta! ¡Un terremoto!
Los contornos de las paredes, el hueco del ascensor,
la silueta iluminada de la ventana... todo se desdibujó,
perdió sus aristas, pareció encresparse, como si no
estuviera hecho ya de materia sólida, sino de gelatina
blanda y carente de firmeza. El temblor se hizo sentir en
los pies y en los brazos con los que me agarraba al
marco de la puerta, se adueñó de mi cuerpo y durante
unos minutos interminables sufrimos sacudidas tan
implacables que llegué a pensar: Esto es el fin...
Oí gemir a la casa entera. Nuestro sólido edificio,
construido por cautivos de guerra alemanes de acuerdo
con su mejor criterio y con el terrible miedo que les
inspiraban los fusiles de los rigurosos agentes de la
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