Page 436 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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NKVD, se resistió, se agarró al suelo con todas sus
fuerzas como un roble centenario. En el techo
aparecieron grietas en líneas quebradas, se
desprendieron gruesos trozos de yeso, los ladrillos se
desmigajaron; en uno de los pisos de arriba, algo cayó
al suelo con gran estrépito. Los gritos de angustia y el
chillido de las mujeres se oyeron por toda la escalera. El
ascensor se había detenido en uno de los pisos de arriba
con un chirrido diabólico. Dentro había alguien que
gritaba, presa del pánico.
Aquel temblor duró mucho más que el primero. En
aquella otra ocasión, cesó sin darme tiempo a
comprender lo que ocurría. Pero, al terminar este
segundo terremoto, me costó creer que la pesadilla
hubiera terminado y que se nos hubiera concedido un
período de gracia.
Me froté los ojos y tosí para expulsar el polvo de los
pulmones. Nabatchikov se había puesto ya en pie.
Tenía el rostro blanco como un actor del teatro kabuki y
se sacudía afanosamente el abrigo.
—Nos atendremos a lo acordado —me dijo—. ¡No
se deje usted asustar!
—Es que... —traté de objetarle, pero se marchaba ya
a toda velocidad escaleras abajo. Lo seguí con la mirada
y le grité—: ¡Tiene la espalda toda blanca...!
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