Page 479 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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cocina, en torno al televisor, donde en ese mismo
momento hervían las emociones.
Como consecuencia de la catástrofe, habían muerto
unas mil personas en la capital, y se daba por
desaparecidas a otras tantas. Al cabo de tres o cuatro
días, se abandonaría la búsqueda, como suele hacerse
en estos casos. La maquinaria pesada empezaría las
labores de reparación y transformaría los edificios
caídos en fosas comunes. Sin embargo, las autoridades
juraban y perjuraban que harían todo lo posible para
rescatar a todos los seres humanos que siguiesen con
vida.
En ese momento, las cámaras mostraron cómo
levantaban una viga de diez metros y sacaban a una
niña con el rostro bañado en lágrimas de una cavidad
que se había abierto allí por azar. En toda la ciudad se
producirían, como máximo, dos o tres milagros como
aquél, pero éstos darían nuevas fuerzas a todas las
personas angustiadas que escarbaban con
desesperación en las ruinas de sus casas, con las manos
despellejadas. ¿Acaso hay algo más terrible y doloroso
que la esperanza?
Como es propio de la televisión, nos enseñaron los
hospitales. Viejos que gritaban como niños pequeños,
criaturas envueltas en un silencio lúgubre, con la vejez
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