Page 485 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Habían quedado desiertos. Se habían formado allí
espesas brumas, como si nubes de tormenta hubiesen
descendido a tierra.
En Moscú la oscuridad no es nunca total. Los
carteles publicitarios alumbran con sus luces de neón,
las farolas se emplean a fondo, y todos los edificios,
hasta los más sucios y feos, posan de buen grado bajo
su luz, porque ésta les concede una especie de segundo
nacimiento. Incluso los vapores que se arremolinan en
todo momento sobre la ciudad —las exhalaciones de
cientos de fábricas y de millones de seres humanos— se
contagian en cierta medida de este esplendor de
pregonero de mercado y emiten también una luz
propia, una pálida luz fosforescente.
Pero esa noche parecía que alguien hubiera cubierto
los bulevares con un capuchón: se habían sumergido en
una penumbra opresiva e impenetrable. Tan sólo debía
de estar encendida una de cada diez farolas, por lo que
la avenida, envuelta en brumas, parecía una larga
cadena de esferas lechosas entre las que sobresalían las
desnudas ramas de los árboles muertos. Antes de llegar
a donde se encontraba el pétreo escritor, me lamentaba
ya de mi salida nocturna.
Algunos de los edificios caídos debían de haber
bloqueado el acceso el bulevar, porque en todo ese
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