Page 497 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Puse una hoja de papel en la máquina de escribir,
empujé el carro hacia la izquierda y empecé a trabajar al
son de una marcha que yo mismo había compuesto en
honor de las riberas de Yucatán. Como ya sabía el final
de la aventura de Casas del Lagarzo, podía permitirme
unas risas a costa de sus temores y de los míos,
lamentarme por la ingenuidad de ambos y
maravillarme de nuestra ceguera. ¿Cómo era posible
que no nos hubiéramos dado cuenta del complot desde
el primer instante? Al lado del conquistador español,
aspiré los aromas embriagadores del Trópico, gocé de
los trinos de aves maravillosas de plumaje abigarrado y
escuché las historias de los soldados al calor de la
hoguera.
Faltaba poco para el final del viaje. Me había
curtido, me había transformado en un hombre distinto,
había explorado nuevos y amenazadores horizontes y
—de acuerdo con las profecías de los indios— había
accedido al conocimiento sobre el inminente
Apocalipsis.
Comprendí que había empezado una nueva fase de
mi vida, quizá la última, pero, en cualquier caso, la más
importante. Con la extraña certeza con la que había
constatado la desaparición final de la Akab Tsin, intuí
que, tan pronto como la puerta gris se cerrara a mis
espaldas, habría muchas cosas de este mundo que
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