Page 514 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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pared. Al cabo de un instante las miraba de verdad: sus
imágenes eran ciertamente fascinantes.
En una de ellas descubrí, con gran sorpresa, a mi
perro. No cabía ninguna duda. Esa mancha parda sobre
el morro, que parecía la huella de una pata, era
inconfundible.
Antes de que le pudiese preguntar nada a mi
anfitrión, me detuve también frente a la foto de una
bella joven. La había visto ya. Me pasé un minuto
entero tratando de recordar de qué la conocía, y al fin
caí en la cuenta: Era la «Miss Universo» rusa que había
derrotado a las bronceadas modelos de Venezuela y
Puerto Rico. ¿Cómo se llamaba? Lidya... Knorozova,
¿verdad?
—Es mi hija —confirmó el anciano, y me sirvió una
taza humeante—. Una chica hermosa, ¿verdad? —Por
instantes, la máscara de escayola que tenía por rostro se
agrietó—. Mi mujer, Valya, y yo queríamos tener hijos
desde hacía mucho tiempo, pero no lo conseguíamos.
Buscamos a los mejores médicos, e incluso visitamos a
brujos mexicanos... pero no lo logramos. Estábamos ya
totalmente desesperados. Y entonces, de pronto, como
por un milagro, se quedó embarazada. Se suele decir
que los niños que llegan tarde son bellos como ángeles.
¿Lo había oído usted? Y también lo fue nuestra Lidya.
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