Page 515 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Pero a los trece años se acabó la hermosura. Se
transformó en un patito feo. En esos años se echaba a
llorar por miedo a que nadie se enamorase de ella. Yo le
decía siempre: «Para mí serás siempre la más guapa del
mundo, tontita...».
Sonrió, pensativo.
—No sólo para usted —observé, también con una
sonrisa—, sino para el mundo entero.
Su rostro se ensombreció. Me respondió:
—¿Y dónde ve usted la diferencia?
Callé y me concentré de nuevo en las fotos.
Contaban su vida entera: la primera infancia (un niño
serio con pantalones cortos y tirantes que sostenía en
alto un osito de peluche con la piel medio arrancada),
una juventud marcada por la guerra (un atractivo
teniente en uniforme de Aviación que posaba junto a un
caza interceptor de los años cuarenta), los años de
matrimonio hasta llegar a la edad madura (en diversas
excavaciones en la jungla, así como un buen número de
fotos con pirámides de Yucatán al fondo).
Miré de nuevo la foto en la que aparecía Knorozov
al lado del avión. El perfil suave, casi elegante de la cola
me provocó un nuevo déjà vu. «Un La‐5», me susurró
una voz interior. Diablos, ¿de qué me sonaba?
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