Page 529 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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A continuación, los fundamentos del gigantesco
edificio donde nos hallábamos empezaron a crujir y a
sufrir sacudidas, como si reaccionaran ante el extraño
ataque que padecía Knorozov. La tierra se puso a
temblar.
Traté de ayudar al viejo, pero él me rechazó con la
mano. Sin saber muy bien qué lugar sería el más
seguro, lo dejé en el pasillo y me metí en su habitación.
El temblor de tierra fue el más fuerte de cuantos se
habían desencadenado en aquellos días. El suelo dio
tales sacudidas que me caí varias veces, me volvía a
levantar y volvía a caer de manos y pies. No logré
mantenerme erguido ni durante una fracción de
segundo. Pero la torre de marfil donde se hallaba la
celda monástica de Knorozov resultó ser más estable
que los típicos edificios de Moscú. Las paredes y el
techo sostuvieron el asalto de los elementos y la luz no
se apagó ni por un instante. Con valor renovado, me
arrastré hasta la ventana y aparté la cortina.
En mi fuero interno estaba convencido de que
divisaría las calles de Moscú a vista de pájaro, o que me
vería en el espacio exterior, entre protuberancias
refulgentes que vomitarían chorros de gas, o
supernovas empeñadas en una dolorosa rotación.
Probablemente fue en ese momento cuando empecé a
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