Page 530 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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creer en las palabras de Knorozov, aún comprendía de
manera demasiado literal su afirmación de que él era el
universo en sí.
Lo que vi entonces, a pesar de su misma
imposibilidad y su paradójica cotidianeidad, demostró
de nuevo que Knorozov tenía razón.
Contra todas las leyes del espacio y la gravedad, lo
que vi por la ventana de la habitación de hospital fue
otra habitación idéntica que estaba debajo de ésta. Me
agarré al alféizar y contemplé, a través de una luna de
cristal increíblemente delgada, el cuerpo enfermo de un
anciano que estaba tumbado sobre una cama, entubado
con docenas de catéteres cual una maraña de
enredaderas parasitarias. A su alrededor se afanaban
hombres y mujeres en batas blancas, los aparatos
médicos más modernos brillaban con todos sus colores,
y las cánulas, cual gigantescos insectos, se clavaban en
las venas más profundas de sus manos sarmentosas y
deformadas.
Era él. El verdadero Yuri Knorozov.
Una nueva sacudida me derribó al suelo. Me
levanté con dificultad del piso de linóleo y contemplé el
mosaico de fotografías que cubría las paredes de la
habitación. Se desdibujaban ante mis ojos: Knorozov
con la tripulación de su amado La‐5, y luego en la
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