Page 533 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Todo había cambiado: había llegado a creer que lo
que me había dicho el viejo era posible.
En el siglo XX, cuando la propaganda materialista
proclamaba la simbiosis triunfal de ciencia y técnica, los
dogmas religiosos y místicos que emanaban de una
representación del mundo fundamentada en esferas
etéreas perdieron rápidamente su influencia.
Con todo, los seres humanos de hoy en día están
más o menos dispuestos a aceptar que todo lo que ven a
su alrededor tan sólo existirá mientras ellos existan y
mientras ellos puedan percibir esta realidad (en la
medida en que el concepto de realidad sea adecuado en
este contexto). El número de los filósofos que se han
labrado un nombre con esta elegante construcción
teórica es proporcional a la imposibilidad de
demostrarla y a su enorme atractivo.
Pero, si partimos de la noción de que todo el
mundo que nos rodea se halla en nuestro cerebro, ¿qué
nos impide ir un paso más allá y enunciar una hipótesis
más atrevida: que ese cerebro no es el nuestro, sino el
de otra persona?
Los pensadores religiosos —sobre todo de las
religiones orientales— no excluyen que todo el mundo
se encuentre en el interior de una gran conciencia
divina que todo lo abarca, como si se hallara dentro de
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