Page 534 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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un recipiente. Un motivo para pensar así podría ser ese
orgullo arraigado en los seres humanos: éstos siempre
están dispuestos a abandonar su propio «yo» si con ello
pueden considerarse parte de un ser mucho más
poderoso, bello y grande.
Sí, ¿quién podría reputar, sin vacilación, la
posibilidad de que ese recipiente no sea la conciencia
infinita, la conciencia bañada en la luz refulgente de
Buda o de Jehová? ¿Quién podría rechazar que esa
conciencia no fuera el «yo» angosto de un viejo
pensionista que apesta a billetes de banco viejos y bolas
de naftalina, y que está a punto de morir de cáncer? Esa
hipótesis, por lo menos, nos permitiría explicar varios
fenómenos de nuestro tiempo...
Después de echar otra ojeada por la ventana, llegué
a la conclusión de que el viejo que allí yacía se había
estabilizado. Los movimientos de las enfermeras y los
médicos se habían ralentizado y la habitación se
vaciaba. Al mismo tiempo, los temblores de tierra que
habían sacudido el museo se aquietaron. Corrí de
nuevo la cortina y salí al rellano. Knorozov estaba
sentado en el suelo, apoyado en la pared, y tenía los
párpados cerrados de pura fatiga.
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