Page 164 - Un Mundo Devastado - Brian W Aldiss
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de  sus  ropas.  Creo  recordar  que  lo  primero  que

               cayó fueron sus mejillas.

                      Había poca sangre, apenas esas hojas que caían


               en  el  súbito  otoño  de  su  carne.  No  podíamos

               ayudarle.  Estallamos  en  carcajadas.  Era  un

               espectáculo maravilloso, que se volvía más cómico


               porque  el  hombre  no  nos  prestaba  la  menor

               atención, sino que seguía con su danza grotesca, que

               al  principio  imitamos...,  pero  la  comicidad  era


               tanta, que pronto nos tuvimos que limitar a mirarle.

                      Cuando el hombre cayó sobre sus rodillas, ya sin


               carne,  alguien  nos  arrojó  una  piedra.  Una  mujer

               estaba  acuclillada  en  la  puerta  de  la  choza

               improvisada. Nadie hubiera pensado que un sitio


               tan pequeño podía albergar a dos. Huimos más de

               su cara que de la piedra que nos tiró. Tan alargada


               estaba  su  cara,  que  en  ella  sólo  había  dientes  y

               negrura.  Y  sólo  cuando  estuvimos  fuera  de  su

               alcance nos atrevimos a reírnos de nuevo.


                      Seguimos por la ciudad, olvidados de nuestro

               juego  del  Granjero.  Era  hora  de  ir  a  casa.

               Caminamos  con  los  brazos  sobre  el  hombro  del


               otro,  en  parte  por  afecto,  en  parte  para

               mantenernos juntos entre la muchedumbre al salir

               del  Barrio  Vedado.  El  único  tránsito  lo  constituía


               algún  ocasional  vehículo  público,  todo  lo  demás

               que fuera mecánico y tuviera que moverse, lo hacía


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