Page 296 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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lloró y luego pareció asustarse y palideció
completamente. Me depositó en la hierba, me miró
fijamente, y pude ver que estaba temblando de pies
a cabeza. Entonces me dijo que lo había soñado
todo, pero yo sabía que no era cierto. Luego me
hizo prometer no decir ni una palabra a nadie,
pues, si lo hacía, sería arrojada al pozo negro. Yo
no estaba en absoluto asustada, aunque la niñera sí
lo estuviera, y nunca olvidé lo sucedido, porque
cuando cerraba los ojos, a solas en medio del
silencio, podía verlos de nuevo, muy tenues y
lejanos, pero magníficamente; y me venían a la
cabeza retazos de la canción que cantaban, aunque
yo no era capaz de cantarla.
Tenía trece años, casi catorce, cuando me sucedió
una singular aventura, tan extraña que al día en
que ocurrió se le llama siempre el día blanco. Mi
madre había muerto hacía más de un año; por las
mañanas recibía clases, pero por las tardes me
dejaban salir a pasear. Aquella tarde fui por un
camino distinto, y un pequeño arroyo me condujo
hasta una nueva región desconocida, pero me
desgarré el babero al atravesar unos matorrales y
los arbustos espinosos de las colinas y los
sombríos bosques llenos de plantas trepadoras. El
camino era largo, muy largo. Parecía que no iba a
terminar nunca, y tuve que arrastrarme por una
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