Page 299 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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asustarme. Canté las canciones que podía recordar,
canciones llenas de palabras que no deben ser
pronunciadas ni escritas. Entonces hice muecas
como los rostros de las rocas, me retorcí como ellas,
me tumbé en la hierba imitando a las que parecían
muertas, subí a una que estaba haciendo muecas y,
pasando mis brazos en torno, la abracé. Luego
seguí avanzando más y más por entre las rocas
hasta llegar a un montículo redondo en medio de
ellas. Era más elevado de lo normal, casi tan alto
como nuestra casa, y parecía una palangana puesta
boca abajo, completamente lisa, redonda y verde,
con una piedra clavada en la cima, como un poste.
Ascendí por sus laderas, pero eran tan empinadas
que tuve que detenerme o de lo contrario
posiblemente habría rodado de nuevo hacia abajo
a lo largo del camino, me habría golpeado contra
las piedras del fondo y, tal vez, habría muerto.
Pero yo quería subir hasta la misma cima del
enorme montículo redondo, así que me tumbé con
la cara contra el suelo, me agarré a la hierba con las
manos y me incorporé poco a poco hasta llegar a lo
alto.
Entonces me senté en la piedra del centro y eché
un vistazo a cuanto me rodeaba. Tuve la sensación
de haber recorrido un camino muy largo, como si,
de pronto, me encontrara a cien millas de casa, en
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