Page 464 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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muerte. El médico fue a verla aquel sábado por la
mañana en compañía de un colega, y ambos
estuvieron de acuerdo en que la enfermedad de la
chica había entrado en su fase final.
—Posiblemente no durará más de uno o dos días
—le dijo a su madre el médico del pueblo.
La visita se repitió el domingo por la mañana y la
encontró sensiblemente peor. Poco después la
paciente se sumió en un profundo sueño, del que
su madre pensó que ya no despertaría.
La chica dormía en una habitación interior que se
comunicaba con el dormitorio de sus padres. La
puerta intermedia quedaba abierta, para que la
señora Phillips pudiera oír a su hija si la llamaba
por la noche. Y aquella noche Olwen llamó a su
madre, justo al rayar el alba. No fue la llamada
apenas perceptible de una moribunda lo que llegó
a oídos de la madre, sino un grito estruendoso que
resonó por toda la casa, un grito de júbilo inmenso.
La señora Phillips se despertó sobresaltada,
preguntándose qué había sucedido. Y entonces vio
a Olwen, que no había podido levantarse de la
cama durante las últimas semanas, de pie ante la
puerta, a la débil luz del naciente día.
—¡Mami! ¡Mami! —gritó la chica a su madre—. Se
acabó. Estoy perfectamente bien otra vez.
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