Page 465 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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La señora Phillips despertó a su marido, y ambos
se incorporaron en la cama sobresaltados, sin
saber, como después dijeron, qué demonios
hacer. Allí estaba su pobre hija, reducida a una
sombra de sí misma, tendida en su lecho de
muerte, y cada vez que respiraba la vida se le
escapaba como un soplo, y la última vez que
habló, su voz era tan débil que había que acercar
el oído a su boca para oírla. Allí estaba de pie ante
ellos sólo unas horas después; e incluso con
aquella débil luz pudieron apreciar que estaba
incomprensiblemente cambiada. Y la señora
Phillips dijo que durante unos instantes creyó que
habían llegado los alemanes y les habían matado
a todos mientras dormían. Pero Olwen volvió a
gritar, de modo que la madre encendió una vela,
se levantó y atravesó la habitación
tambaleándose. Allí estaba Olwen, de nuevo
alegre y rolliza, sonriendo con sus ojos brillantes.
Su madre la llevó a su propia habitación y
depositó allí la vela; y al palpar la carne de su
hija, prorrumpió en lágrimas, mezcladas con
súplicas de regocijo y admiración, y de acción de
gracias; y abrazó a la chica para cerciorarse de
que no se engañaba. Entonces Olwen contó su
sueño, aunque ella creía que no era tal.
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