Page 601 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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debía ser una broma. Dejó en la mesa la bandeja
del té y miró a su huésped a los ojos.
» —¿Qué es, señor, lo que usted admira en
particular?, si puedo preguntárselo. » —¿Que qué
admiro? —dijo—. Todo.
» Y entonces, al parecer, empezó a decir los más
extravagantes disparates acerca de flores doradas,
plateadas y purpúreas, de un manantial
burbujeante, de un paseo que se internaba en el
bosque, de la casa de hadas en la colina, y no sé qué
más. Luego le pidió a la señora Wilson que se
acercara a la ventana y mirara todo eso. Ella se
asustó, cogió la bandeja, y salió de la habitación tan
rápidamente como pudo; lo cual no me extraña.
Aquella noche, cuando iba a acostarse, pasó por
delante de la puerta de su huésped y, al oírle
hablar en voz alta, se detuvo a escuchar. En
realidad, no creo que se pueda culpar a la mujer
por escuchar. En mi opinión, quería saber a quién
había metido en su casa. Al principio no podía
entender lo que estaba diciendo. Hablaba
atropelladamente en lo que parecía una lengua
extranjera; pero luego siguió en inglés corriente,
como si se dirigiera a una joven dama, haciendo
uso de expresiones de gran afectación.
» Aquello fue demasiado para la señora Wilson,
que se marchó a la cama con el alma en vilo, y casi
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