Page 603 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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V



              Arnold contó el resultado de sus indagaciones y


            perplejidades  en  la  siguiente  reunión  de  los  tres



            amigos  en  el  tranquilo  patio  delantero  de  la


            posada.  El  escenario  se  había  transformado:  era


            una noche de junio, en la que los árboles del jardín


            se  agitaban  a  expensas  de  la  fresca  brisa,  que


            transportaba  al  mismo  corazón  de  Londres  un


            vago aroma de los lejanos campos de heno. El licor


            de la jarra marrón olía a viñas y a huertas gasconas,


            y le pusieron hielo, pero no por mucho tiempo.


              Lo único que dijo Harliss durante todo el relato



              de Arnold fue:


              —Conozco  cada  rincón  de  ese  vecindario,  y  le


            digo que no existe semejante lugar.


              Perrott  fue  sensato.  Admitió  que  la  historia  era


              extraordinaria.


              —Disponemos de tres testigos —señaló Arnold.



              —Sí  —dijo  Perrott—,  pero,  ¿ha  tenido  usted  en


            cuenta, la maravillosa aplicación de la ley de las


            coincidencias?  Un  caso,  bastante  trivial  pensará


            usted  posiblemente,  me  produjo  una  profunda


            impresión cuando lo leí, hace unos cuantos años.


            Cuarenta años atrás un hombre compró un reloj en


            Singapur, o Hong Kong quizás. El reloj se estropeó


            y  lo  llevó  a  una  tienda  de  Holborn  para  que  lo





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