Page 130 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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amarilla,  recorrió  un  pasillo  de  mosaicos  cuya  belleza

           Everard no tenía humor para apreciar, y continuó hasta


           haber pasado un escuadrón de guardias para entrar en

           una  habitación  donde  esbeltas  columnas  sostenían  una

           orgullosa  bóveda  y  la  fragancia  de  las  rosas  tardías


           entraba por ventanas arqueadas.



                 Allí, los Inmortales hicieron una reverencia . Lo que

           vale para ellos vale para ti, hijo, pensó Everard, y besó la

           alfombra persa. El hombre del diván asintió.



                 —Levantaos y atended —dijo—. Traed un cojín para


           el griego. —Los soldados tomaron posiciones. Un nubio

           entró  apresuradamente  con  un  cojín,  que  colocó  en  el

           suelo, a los pies del asiento de su amo. Everard se sentó

           en él, con las piernas cruzadas. Tenía la boca seca.



                 El  quiliarca,  que  según  recordaba  Creso  había


           identificado  como  Harpagus,  se  reclinó.  Contra  la  piel

           atigrada  del  diván  y  bajo  la  espléndida  toga  roja  que

           cubría su cuerpo demacrado, el medo tenía el aspecto de


           un  hombre  avejentado,  con  el  pelo  largo  del  color  del

           hierro y la cara oscura de nariz pronunciada cubierta por

           una  maraña  de  arrugas.  Pero  examinó  con  ojos

           inteligentes al recién llegado.



                 —Bien —dijo, en un persa con el marcado acento del



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