Page 167 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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pantorrilla. Se liberó de un salto. Un rayo de la puesta de

           sol penetró entre las agujas y tocó la sangre, volviéndola


           de un rojo imposible. Everard sintió que la pierna cedía.



                 —Venga —gritó Harpagus, moviéndose a tres metros

           de distancia—. ¡Cortadlo en trozos!



                 Everard gritó sobre el borde del escudo:



                 —¡Una tarea que el chacal de vuestro líder no tiene el


           valor suficiente de intentar por sí mismo, después de que

           yo lo obligase a retirarse con el rabo entre las piernas!



                 Era algo calculado. El ataque se detuvo un instante.

           Se echó hacia delante.



                 —Si los persas deben ser perros de un medo —dijo

           con voz ronca—, ¿no podéis elegir a un medo que sea un


           hombre, en lugar de a esta criatura que traicionó a su rey

           y ahora huye de un solo griego?



                 Incluso tan al oeste y tan en el pasado, un oriental no

           podía permitir que lo avergonzaran de semejante forma.


           No es que Harpagus hubiese sido un cobarde; Everard

           sabía que sus afirmaciones eran injustas. Pero el quiliarca

           escupió  una  maldición  y  lo  atacó.  Everard  tuvo  un

           momento para entrever los ojos salvajes hundidos en el


           rostro de nariz aguileña. Con torpeza se adelantó. Los dos


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