Page 164 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
P. 164

el prejuicio religioso contra el envilecimiento de un río.

           Dos más caminaban arriba, moviéndose entre los árboles


           de  cada  orilla.  Uno  de  ellos  era  Harpagus.  Las  largas

           espadas salieron con un silbido de las vainas.



                 —¡Alto! —gritó el quiliarca—. ¡Alto, griego! ¡Ríndete!



                 Everard se quedó inmóvil. El agua le corría por entre

           los tobillos. Los dos que acudieron a cogerlo eran irreales


           allá abajo, en un pozo de sombras sus rostros imprecisos,

           de forma que sólo veía las ropas blancas y un reflejo en

           las  hojas  curvas.  Lo  comprendió  de  pronto:  los


           perseguidores  habían  seguido  su  rastro  hasta  el

           riachuelo.  Así  que  se  habían  dividido,  la  mitad  a  cada

           dirección, corriendo más rápido sobre tierra firme de lo

           que él podía moverse en el agua. Llegados más allá de la


           distancia  que  él  podía  recorrer,  habían  deshecho  el

           camino,  más  lentos  cuando  estaban  limitados  por  la

           corriente, pero bastante seguros de su éxito.



                 —Cogedle vivo —recordó Harpagus—. Atadle si es


           necesario, pero cogedle vivo.



                 Everard gruñó y se volvió hacia la orilla.



                 —Vale tío, tú lo has querido —dijo en inglés. Los dos

           hombres en el agua gritaron y empezaron a correr. Uno

           tropezó y cayó de cara. El hombre del lado opuesto bajó

                                                                                                         164
   159   160   161   162   163   164   165   166   167   168   169