Page 331 - Un caso de conciencia -James Blish
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entiendo lo que dice y tu traducción tampoco me aclara
gran cosa; eso es todo en lo que a mi concierne.
Despídeme de él... No quiero volver a hablarle.
- ¿Qué dice? ‐ preguntó Chtexa.
- Que ignora esta ley y que no piensa ir a Litina ‐
expuso Ruiz‐Sánchez por el micro. El sudor que cubría
la palma de la mano convertía en un adminículo
resbaladizo el pequeño micrófono ‐. Quiere que le
despida de usted.
- Adiós, pues ‐ dijo Chtexa ‐, y adiós también a usted
Ruiz‐Sánchez. He cometido un error y lo siento de
veras, pero ya no tiene remedio. Es posible que sea ésta
la última vez que hable con usted, a pesar de este
maravilloso invento de que disponen.
Tras de la voz se elevó el extraño y casi familiar
gemido hasta convertirse en un formidable y estridente
chirrido que se prolongó por espacio de casi un
minuto. Ruiz‐ Sánchez aguardó hasta que calculó que
se había restablecido el contacto.
- ¿Por qué no, Chtexa? ‐ preguntó con voz ronca ‐. La
culpa es tanto suya como mía.
Sigo siendo su amigo y le deseo buena suerte.
- Y yo lo soy suyo y le digo otro tanto ‐ resonó la voz
de Chtexa ‐; pero es posible que no podamos
comunicarnos de nuevo. ¿Oye usted el ruido de las
sierras mecánicas?
- ¡Conque ése era el enigmático sonido!
- Sí, si, las oigo.
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