Page 339 - Un caso de conciencia -James Blish
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Michelis miró a Liu y asintió con lentos movimientos


             de cabeza, como mostrando la congoja que le afligía.

             La  pareja  salió  al  corredor.  Había  empezado  el


             desmoronamiento del estado Refugio.






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               La bestia furibunda del caos rondó suelta por


               espacio de tres días.

               Ruiz‐Sánchez  pudo  seguir  desde  el  principio  casi


             todas  las  incidencias  gracias  a  la  telepantalla  de  los

             Michelis.  A  veces  le  hubiese  gustado  asomarse  a  la

             baranda de la terraza; pero las voces destempladas de


             la multitud, los tiros, explosiones, silbatos de la policía,

             sirenas  y  toda  clase  de  ruidos  habían  irritado  en


             extremo a las abejas. En tales circunstancias, uno no

             podía confiar del todo en la inmunidad de los ropajes

             protectores de Liu, aun en el supuesto de que hubieran


             sido de su talla.

               Los  pelotones  armados  de  las  Naciones  Unidas

             habían  planeado  una  sutil  maniobra  para  atrapar  a


             Egtverchi antes de que tuviera tiempo de salir de la

             emisora. Pero lo cierto era que el litino no se hallaba en

             el  interior.  Más  aún:  ni  siquiera  había  ido  allí.  Las


             señales  de  video,  audio  y  tridimensionales  habían



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