Page 342 - Un caso de conciencia -James Blish
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Naciones  Unidas,  que  sabían  cómo  agenciarse  los


             necesarios permisos de residencia, de difícil obtención,

             y que, además, tenían suficiente dinero para mantener


             una  forma  de  vida  tan  poco  práctica.  Era  la  versión

             siglo  veintiuno  de  los  privilegiados  residentes  en  el

             estado de Maine, que diariamente viajaban desde los


             suburbios a la ciudad. Allí vivían ellos, los hipócritas

             de que hablaba Egtverchi.

               Ruiz‐Sánchez se apresuró a verificar los cierres de la


             puerta,  provista  de  sólidos  pasadores,  reliquia  de  la

             última fase del programa de construcción de refugios,

             en que los grandes bloques de viviendas desocupadas


             eran presa corriente de ladrones y desvalijadores. Los

             pestillos y fiadores llevaban años sin utilizarse, lo que


             no impidió al jesuita valerse de ellos.

               Justo a tiempo, porque en el corredor, al otro lado de

             la puerta, sonaba un coro de voces. Era una horda de


             manifestantes  que  había  tomado  el  camino  de  la

             escalerilla  de  incendios.  De  forma  instintiva  habían


             rechazado el uso del ascensor, demasiado lento para la

             imperiosidad  de  sus  agresivos  instintos,  aislado  en

             extremo  para  individuos  desaforados  y  rebeldes,


             demasiado  mecánico  para  hombres  cuyos  músculos

             prevalecían sobre el cerebro.

               Alguien palpó el pomo de la puerta y lo agitó con


               fuerza.



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