Page 215 - Limbo - Bernard Wolfe
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por  cuatro  para  volar  enérgicamente  por  el



            espacio  anárquico,  caótico,  fuera  del  tiempo


            dictado por el metrónomo, y ése era precisamente


            el encanto de la improvisación. Pero la promesa


            jamás se cumplía como no se cumplía tampoco en


            las  pinturas  de  Notoa.  El  jazz,  con  sus  bruscos


            espasmos orgásmicos y sus frenesíes de fracción


            de  segundo,  no  era  más  que  la  emocionalidad



            vertical  expresada  en  sonidos,  y  lo  que  parecía


            alegría no era más que angustia. El solista fingía


            evadirse de la comunidad musical controlada por


            el  reloj  en  un  breve  destello  de  voluntariosa


            subjetividad... para luego volver a hundirse en las


            trampas                armónicas                  y         en         los          ritmos


            convencionales.



                  Sí, lo que dictaba los motivos tenía su eco en


            los  propios  motivos.  La  gente  que  poseía  la


            verticalidad  en  sus  instintos  la  introduciría


            siempre de forma natural en su arquitectura, en


            su  escultura,  en  sus  juegos,  en  su  música.


            Construiría  trillones  de  verticalidades  en  sus



            ferias, en sus lanzamientos con paracaídas, en sus


            montañas  rusas  en  Coney  Island;  inventaría  el


            avión y el jazz. Y después del desastre, sumida


            aún en el estado de shock, se retiraría al interior,


            cerca de las montañas y lejos del mar... ese mar



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