Page 344 - Limbo - Bernard Wolfe
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nariz postiza, y las cabezas se inclinaban en
respetuosas reverencias ante él. No apareció
ningún Louis Armstrong para desparramarse
nihilísticamente tras la bendición. Se hundían en
sus pródigos solenoides ante el icono ideológico
de una vaca llamada, por alguna razón
esquizoide, Martine... nadie se burlaba, nadie se
chanceaba. Era la broma más grande, más
obscena, más angustiosa de todas, y ni siquiera
despertaba una palabra de irreverencia. ¿Por qué,
en nombre de la razón y de la lógica, existía una
tal vaca llamada Martine? ¿Por qué no Bill, o
Sigmund, o L. Ron, o Aldous, o Norbert, o Alfred,
o Mathama, o incluso Helder? ¿Por qué Martine,
por qué Martine? ¡Y nadie se reía...!
Los senos de la mujer volvieron a rozar su
espalda. Los estremecimientos se iniciaron, como
volcanes en erupción, en su cintura. Se sintió
perdido, no había nada que lo remediase, iba a
verse inundado por un torrente de histeria. Sus
labios temblaron, trató de contenerse. Luego,
convulsa, irresistible, saltó la carcajada que por
poco lo partió en dos. Martine, el héroe, el mártir,
se hallaba ahora en un estado de absoluta
oscilación. San Martine se vio convertido en San
Vito, San Parkinson, San Jo‐Jo. De pronto sintió
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