Page 900 - Limbo - Bernard Wolfe
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—Hay  muchas  formas  de  conseguir  lo



            oceánico —dijo Martine—. Helder lo consiguió de


            una forma muy fundente, Creo que yo prefiero la


            mía. ¡Om! Ya basta de cuadernos de notas. Dios


            mío, espero no tener que dejar más malditas cosas


            tras de mí.



                  Theo permanecía en silencio, sus mejillas aún


            húmedas.  Martine  sintió  las  lágrimas  agolparse


            en sus propios ojos. —...Quizá la lesión en el Ego


            del niño sea irreparable: una vez se ha dado en el


            blanco del «Yo», no es como un alfiler perdido en


            la inmensidad cósmica, es una carga permanente


            con  un  deprimente  sentido  de  un  exterior


            distinto, incluso hostil, un



            «Ello»  abrumador  y  humillante.  El  mito  de  la


            apisonadora  empieza  allí.  Luego,  después,


            siempre una añoranza de reunirse con el Otro...


            una  hipnosis  como  la  política...  una  doliente


            necesidad  de  recapturar  el  calor  uterino,  el


            sentido de la casa‐cuna, de un cómodo entorno


            lleno  de  atenciones.  Después,  siempre  una



            sensación de exilio, alimentada por la máquina y


            por  el  vivir  maquinalmente,  el  hombre  hecho


            jirones.  Porque  todo  el  cebo  de  lo  Un¡,  el  grito


            romántico‐poético por lo oceánico, es tan sólo una


            sed de olvido: cuando un hombre adulto añora la



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