Page 385 - A La Deriva En El Mar De Las Lluvias - Varios Autores
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wizzo le dijo que lo tenía en la pantalla: era uno de los
T‐4, volando a Mach 2, y había sobrepasado la línea,
estaba en territorio canadiense y era, por tanto, un
objetivo legítimo. El Centro de Dirección del Sector no
se había pronunciado, pero a Peterson le daba igual;
estaba concentrado, y el resto del mundo se había
desvanecido, lo había dejado atrás en su carrera
supersónica hacia el norte: veía únicamente un
mundo blanco, una neblina lejana y brillante y, en
ella, el punto incandescente que era el sol, y sus
pensamientos se concentraron en el aparato en el que
estaba sentado, en las armas que llevaba, en el
objetivo de esas armas y en su papel en la defensa de
su patria. Armó uno de los misiles AIM‐47, apoyó el
pulgar sobre el botón de «matar» en la palanca y
esperó el tono que avisaba de que el radar había fijado
el objetivo; el wizzo protestó, pero Peterson no le hizo
caso, y la retícula de la pantalla brilló, así que apretó
el botón con el pulgar: suavemente, como si fuese el
gatillo de un rifle de caza y no solo un botón que
activaba una señal eléctrica, que a su vez encendía
actuadores que empujaban martillos hidráulicos. Oyó
con satisfacción el chirrido de las puertas de la bodega
al abrirse, el ruido sordo del misil al soltarse y luego
vio una línea de humo que salía disparada por delante
del interceptor y escribía una sentencia de muerte en
el cielo. Estaba volando a Mach 3, así que con tiempo
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