Page 1144 - Anatema - Neal Stephenson
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A miles de pies por encima, las aeronaves aterrizaban en
las torres de los Milésimos.
A mí y a muchos con los que había hablado, el asunto de
las insignias y las mochilas nos había parecido
insultantemente simplón… como si el Convox fuese un
campamento de verano de niños de cinco años. En los
quince minutos de carrera por Tredegarh, acabé
encontrándole el sentido. No había plan ni procedimiento,
por simple que fuese, que no se estropeara cuando miles
de personas pretendían ejecutarlo a la vez. Hacerlo en la
oscuridad elevaba el caos al cuadrado, hacerlo a toda prisa
lo elevaba al cubo. La gente que había perdido la insignia
o la mochila vagaba por ahí en distintos estados de
pánico… pero gravitaba hacia camiones con sistemas de
sonido que anunciaban: «¡Venid aquí si habéis perdido la
insignia o la mochila!» Algunos se torcieron un tobillo,
hiperventilaron e incluso tuvieron problemas de corazón:
los médicos militares se ocupaban de esos casos. Granfras
y gransures que no podían mantener el ritmo acabaron a
la espalda de filles. Corriendo en la oscuridad,
hipnotizados por sus insignias, unos tropezaban con otros
como en una comedia, se caían, se partían la nariz,
discutían sobre quién tenía la culpa. Me detuve a ayudar
a algunas víctimas, pero los equipos de asistencia eran
asombrosamente eficientes… y muy groseros para
decirme que me dirigiera a la salida en lugar de meterme
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