Page 1146 - Anatema - Neal Stephenson
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ocupaban como un cuarto de milla. Tenían los motores en
marcha y vi la luz fría que emitían los bulbos luminosos,
las esferas de los avotos y los paneles de control que se
reflejaban en los ojos de los conductores. Los vehículos en
sí estaban completamente a oscuras.
Algo me alcanzó, se dividió para esquivarme y siguió
avanzando. Más que oírlo lo sentí. Era un pelotón de
valleros con paños negros, corriendo en silencio.
Corrí unos minutos serpenteando, porque mi insignia no
dejaba de insistir en que corriese entre los drumones
aparcados. A mi derecha pasó otra sección de muralla con
su montaña de luz, y vi otra asomando más allá de la curva
del muro. Los huecos no dejaban de escupir avotos, así
que no tuve la impresión de llegar tarde. Aquí y allí
observaba a un fra o una sur solo, el rostro iluminado por
la luz de la insignia, acercándose a la parte trasera abierta
de un drumón, los ojos saltando entre insignia y vehículo,
el rostro manifestando una certidumbre creciente: «Sí, éste
es.» Manos surgiendo de la oscuridad para ayudarlos a
subir, voces que los saludaban. Todos se mostraban
extrañamente alegres… porque desconocían lo que
algunos sabíamos que estaba pasando.
Al fin la línea púrpura me llevó más allá del último
drumón aparcado. Sólo quedaba un vehículo
suficientemente grande para trasladar una célula de
tamaño considerable: un autobús forrado de fototipos de
extasiados jugadores. Debían habérselo requisado a un
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