Page 1147 - Anatema - Neal Stephenson
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casino.  No  podía  creer  que  fuese  mi  destino,  pero  en


          cuanto  intentaba  esquivarlo  la  línea  púrpura  se

          modificaba  irritantemente  y  me  indicaba  que  diese  la

          vuelta. Así que me acerqué a la puerta lateral y miré los


          escalones de entrada. Había un conductor militar sentado,

          iluminado por su cismex.

            —¿Erasmas  de  Edhar?  —me  gritó,  aparentemente


          leyendo una señal de mi insignia.

            —Sí.

            —Bienvenido a la Célula 317 —dijo, y con un gesto de la


          cabeza  me  indicó  que  subiese—.  Seis,  quedan  cinco  —

          murmuró cuando pasé a su lado—. Pon la mochila en el


          asiento contiguo… entrada rápida, salida rápida.

            El  suelo  del  autobús  y  las  superficies  inferiores  de  las

          bandejas  de  equipaje  estaban  marcados  con  cintas  que


          emitían una débil luz sobre los asientos y las personas que

          los ocupaban. No había muchas. Soldados que hablaban


          por los cismex o los usaban para alguna otra cosa habían

          reclamado las primeras dos filas de asientos. «Oficiales»,

          pensé. Luego, tras algunas filas vacías, vi un rostro que


          reconocí: el de Sammann, iluminado como siempre por su

          supercismex. Alzó la vista y me reconoció, pero no vi en

          su rostro la sonrisa familiar. En lugar de sonreírme apartó


          los ojos un momento.

            Mirando hacia la oscuridad del fondo, vi varias filas de

          asientos ocupados por mochilas y, junto a cada una, una


          cabeza afeitada, inclinada, concentrada.



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