Page 1155 - Anatema - Neal Stephenson
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a luz roja me despertó, o quizá me impidió dormir. No
          L era el distintivo rojo sangre de avisos y emergencias, sino



          una  luz  anaranjada,  cálida,  difusa.  Entraba  por  las

          ventanillas de la aeronave, que eran pocas y pequeñas. Me

          desabroché  el  cinturón,  me  acerqué  a  una  como  pude,


          porque me había colocado mal y tenía las piernas débiles

          y  con  hormigueo,  y  con  los  ojos  entrecerrados  miré  un

          amanecer espectacular sobre el mismo paisaje helado que


          recientemente había recorrido en trineo.

            Durante un minuto de confusión pensé que, por alguna


          razón,  volvíamos  a  Ecba.  Pero  no  logré  reconocer  las

          montañas  y  glaciares  que  veía  como  aquellos  que

          recordaba. Por pura costumbre, miré a Sammann, con la


          esperanza de que pudiese conjurar un mapa. Pero estaba

          con  Jules  Verne  Durand.  Los  dos  llevaban  auriculares.


          Sammann  se  limitaba  a  escuchar.  Jules  alternaba  entre

          prestar  atención  y  hablar,  pero  sobre  todo  hablaba.  En

          ocasiones  dibujaba  en  el  cismex  de  Sammann  para  que


          éste transmitiese la imagen.

            Me sentí molesto. La presencia del laterrano en la Célula

          317  había  sido  como  una  medalla  colgada  de  nuestro


          pecho. A través de él sabríamos cosas, podríamos obrar

          por encima de las demás células. Pero no había contado

          con el enlace inalámbrico con el Reticulum que permitiría


          a cualquier Panjandrum con cierta curiosidad llamarle en



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