Page 1297 - Anatema - Neal Stephenson
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supuesto, no era una escalada, porque nos encontrábamos
en ingravidez. Sin discutirlo nos dirigimos a la bóveda
más grande y más «alta», que, como Jules había
prometido, estaba abierta. Era una concha esférica
dividida en dos hemisferios que se habían separado sobre
raíles para exponer un espejo multisegmentado con un
diámetro de unos treinta pies. Todos pasamos por el hueco
entre hemisferios, que era lo suficientemente ancho para
que cupiera por él una casa de tres dormitorios y, con las
manos, «descendimos» al nivel de las vigas y cardanes que
sostenían el espejo… siguiendo en todo momento, creo,
una especie de instinto que nos decía que entrásemos, que
nos cubriésemos, que nos alejásemos de la terrible
exposición en la que habíamos vivido durante tanto
tiempo. Jules señaló una escotilla por la que podríamos
pasar a la zona presurizada del vértice una vez que la
bóveda se cerrase y se llenase de aire. Incluso había un
conveniente y enorme botón rojo de pánico que se podía
usar para iniciar un cierre de emergencia. Pero nos
aconsejó no usarlo, porque hubiese disparado alarmas por
toda la Daban Urnud. Así que se subió a los soportes que
sostenían el objetivo del telescopio sobre el punto focal del
espejo. Se quitó la manta reflectante del pecho y la colocó
allí, para luego «bajar» y unirse a nosotros. Mientras tanto,
los demás intentamos conservar la calma y controlar la
respiración. A Arsibalt, que usaba más oxígeno que los
demás, le quedaban diez minutos. Sammann tenía
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