Page 1298 - Anatema - Neal Stephenson
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veinticinco; los dos intercambiaron tanques de oxígeno.
Yo tenía dieciocho. Lio propuso que intentásemos comer
todo lo posible; si nos separábamos de los trajes no nos
quedaría más comida que las barritas energéticas que
pudiésemos llevarnos. Así que chupé la masa que salía del
tubo e hice un prolongado y penoso esfuerzo por no
devolverlo todo directamente al recogedor.
—¡Hola! —dijo Jules. Fue más una exclamación que un
saludo. Nos llevó un momento comprender que respondía
a un rostro que había aparecido en la portilla de la
escotilla: alguna cosmógrafa que había acudido a ver por
qué el gran telescopio se había quedado ciego. Según las
lecciones de Jules, supuse, por sus ojos enormes y la forma
de las fosas nasales, que era una fthosiana. Y, aunque iba
a tardar en aprender a identificar las expresiones faciales
fthosianas, estimé que acababa de ver dos: desconcierto
seguido de conmoción cuando un traje espacial negro
mate de diseño desconocido apareció en su ventana. Jules
agarró las asas que flanqueaban la escotilla y presionó el
visor contra el vidrio. Luego todos tuvimos que bajar el
volumen de nuestras conexiones cuando se puso a aullar
en lo que supuse que era fthosiano. La mujer de dentro
captó la idea y presionó la oreja contra la ventana. El
sonido no podía atravesar el vacío del espacio, pero, si
gritabas lo suficiente, Jules podía provocar vibraciones en
su visor que se transmitirían por contacto directo al vidrio
de la portilla y de ahí a la oreja de la cosmógrafa.
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