Page 1299 - Anatema - Neal Stephenson
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Repitió lo dicho. De alguna forma logró parecer más
alegre que desesperado. Su tono daba a entender que tenía
las mejores intenciones. Los labios de la mujer se movieron
cuando gritó su respuesta.
La bóveda se iluminó. Supuse que le había dado al
interruptor de la luz para ver mejor lo que estaba pasando.
Pero la luz entraba por la rendija entre hemisferios. ¿El sol
había salido? Nos habían advertido contra las salidas
explosivas del sol. Pero ésa parecía explosiva en más de un
sentido; la luz se encendió, se desvaneció y se encendió
todavía más brillante. Se agitó, se retorció. Un temblor
silencioso recorrió la estructura del icosaedro. Lio dio un
salto tan elegante que casi cometió el error fatal de salir
volando al espacio. Pero se retuvo agarrando el cable de
comunicación que le conectaba con los demás y giró sobre
el espejo del telescopio hasta lograr detenerse en el mismo
borde del hemisferio. La luz, que desaparecía lentamente,
se reflejaba en su visor.
—El quemamundo —dijo—. Creo que deben de haber
volado los tanques de propulsor. —Luego, con una
exclamación súbita, dio un golpe y «descendió» a lo que
yo consideraba el suelo de la cúpula. Porque los
hemisferios gigantes se habían puesto en movimiento y el
espacio entre ellos se estaba reduciendo. Entonces sí que
encendieron las luces.
La separación desapareció con un golpe que sentimos
pero no oímos. Para mejor o para peor, estábamos
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