Page 1359 - Anatema - Neal Stephenson
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A los pocos minutos llegamos a la estructura flotante que
servía de terminal del sistema de telesillas. Subimos de
dos en dos hasta el agujero en el cielo, cada arbrano
acompañado de un soldado troäno, hasta que todos nos
reunimos en el portal que unía el orbe Diez con el Once. El
viento nos soplaba en la cara con fuerza suficiente para
picarnos en los ojos y agitar los paños.
Mientras esperábamos la llegada de los demás, me situé
en el portal y contemplé la tramoya que había tras el telón
azul del falso cielo, los manojos de fibra de vidrio que
dirigían la luz. El sol era brillante, pero frío; se había
eliminado toda la luz infrarroja. El calor realmente llegaba
del cielo en sí, que irradiaba un calor suave, como un
calentador de temperatura muy baja. Allí se notaba tanto
que agradecíamos el viento.
Luego otro paseo en silla para descender a la estera
flotante del orbe Once, un paseo y un ascenso similar para
llegar al siguiente portal y pasar al orbe Doce: el de
numeración más alta, el situado más a popa de los cuatro
orbes laterranos. Por tanto, allí no había siguiente portal;
habíamos llegado al furgón de cola. Pero el cielo sostenía
un cruce tubular mezcla de pasarela y escalerilla de mano
que nos llevó hacia «arriba» y alrededor hasta un portal en
la zona «más alta» del cielo: el cenit. Allí la gravedad era
apreciablemente más débil porque estábamos más cerca
del Núcleo. Nos demoramos en la pasarela en forma de
anillo situada bajo el portal, que, hasta el último remache,
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